La laguna se batía cerca de sus rodillas y la miraba con recelo: había soñado que un pez enorme vendría. Cogía rápidamente los marishys*, y los depositaba en la cesta. Deseaba terminar, y entregárselos a su mamá, para que terminara de tejer el techo de la casa. Su compañera, hacía lo mismo, pero sin miedo, pues, aunque él se lo dibujó en el lodo, no logró más que la risa de ella: un pez con cuernos.
El niño con un ojo en el agua, y otro en las tapinas, no se había dado cuenta que toda la hierba recolectada, flotaba en la laguna. Apenado las recogió en silencio, y volvió a entregar su atención al horizonte. Una chicharra pareció advertir la llegada: se quedó mudo. Vio cómo el pez se acercaba, notó su cuerpo marrón, que sacaba sus aletas de vez en cuando, agitando las aguas. Puyando el cielo con sus cuernos. Después su compañera lo vio. Cayó sentada mojándose las nalgas. El pez, se deslizó como una culebra que llegó hasta los palafitos. De él, bajaron varios hombres cubiertos con ropas extrañas, y unos marishys que reflejaban la luz del sol. Asustados, nadie salió al encuentro.
El niño miró cómo esos hombres se pasearon entre los muelles una y otra vez, hablando y riendo. Escucharon decir:
—Esto es como Venecia… ¡una pequeña Venecia!
Cuando pudo reaccionar, aún en la orilla, el niño, se acercó a su compañera y le dijo:
—No mentía. ¡Ese pez es mío!
—Esto es como Venecia… ¡una pequeña Venecia!
Cuando pudo reaccionar, aún en la orilla, el niño, se acercó a su compañera y le dijo:
—No mentía. ¡Ese pez es mío!
Deseó tener una vara más grande para matarlo y con la boca hecha agua, se escabulló entre el monte y el barro, no lograba imaginarse el sabor de ese animal; nadó hasta su casa, con la ilusión de que su padre sí pudiera dar caza a ese pez…
*Enea: en la lengua indígena añú, hierba acuática.
Ysaías Núñez




