(Obituario escrito en letras negras)
Cuánto la amabas.
Eras bello como ningún otro hombre…
…eras.
1866-1889
Cada vez que yo pasaba, lo miraba como lo haría un sabio del arte, pero solamente era un hombre de escasos conocimientos sobre esa expresión del alma, un nuevo lector como suelen decir, pero qué lector tan fascinado por ese autor. Es verdad que su melancolía me trasmitía. Sus ojos cerrados me los imaginaba azules, pero a la imaginación sólo quedaba poco, era limitada por primera vez.
El sol resplandecía como siempre, más sin embargo parecía que sus rayos eran nuevos, que el sol era nuevo en el mundo (¿qué sintieron tus semejantes al ver por vez primera el Astro Rey?). Era un día perfecto, los pájaros cantando a Dios por haberles dado otra oportunidad, las hojas de los árboles recibiendo con su brazos verdes los rayos del sol, pero allí estaba ella, la hermosa estatua, parecía que lloraba sobre la tumba incolora, con su cabeza sobre el brazo. Cada quien iba a visitar a su muerto: le llevaban claveles, y margaritas; pero ¿a ti quién te regala flores? ¿Quién te llora? Nadie. Es una triste respuesta o tal vez es muy feliz para ti.
Desde siempre te han visto y desde siempre nadie sabe por qué estás allí. Es verdad, quien te vea sentirá que están locos, pero hay otros quienes se imaginan historias de un sentido dudoso y otras de una dudosa fantasía. Todos, escucha bien si es que oídos tienes, se preguntan por qué estás allí. Un día de estos alguien llegará, limpiara tu cuerpo espigado y tus alas marchitas con agua tibia y jabones de olor y sentirá la textura de tus piernas, y la suavidad de tu alma.
Me senté frente a ti sobre una tumba de nadie para poder verte, de alguna u otra forma sabía que era la última vez que te tocaría, sería la última vez en que te observaría detenidamente. Te veías como desdibujado en un fondo de cruces blancas y tumbas multicolores.
Una mujer que frecuentemente iba a ese cementerio de Clarines, siguió de largo, no sé si me saludó, quizá.
Imaginaba que habías bajado del cielo y te habías postrado a llorar en esa tumba, mas ¿por qué llorabas? me suponía que era porque del cielo habías caído, porque hasta allá no podías subir debido a tus alas fracturadas. Hice lo posible por pegártelas, no sé por qué se cayó otro pedazo. ¿Sabes? Quisiera conocer al escultor que talló tu cuerpo con la perfección que Dios hace los nuestros. Llevas cien años postrado allí, y ni siquiera te mueves para decir algo.
Ésas eran las preguntas que le hacía, era un diálogo interno, me lo imaginaba hablando. Era hermoso pensar que todo era real. Los pájaros seguían cantado al Señor, y mis ojos se cerraban y los volvía a abrir. Un estado en duermevela muy placentero. ¿Sentirán los muertos ése placer? Aún no lo sé. Miraba a mi ángel mientras yo acostado sobre una tumba fría me perdía entre líneas blancas. Todos los días de mi vida como celador, y desde el primer momento me quedé prendido a esa estatua, y le preguntaba cosas como si fuera capaz de responderme. Loco, sí. Lo sé. Los que pasaban apenas reparaban en él y rabia me daba porque no se daban cuenta de lo hermosa que era, pero si lo hacían de inmediato podía sentir celos. Otra vez, mis ojos se cierran. Le dije: “Cuéntame tu historia”.
Sin previo aviso y de una forma creciente fui envuelto en una espesa neblina, fría, todo lo que a mi alrededor estaba cambió por completo. Fui trasportado a otro lugar, a otra época:
Continuará...
Ysaías Núñez
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