Mitsuko


Mitsuko veía cómo se resbalaban las gotas de agua al tocar el cristal. El sonido inconfundible de los autos al pasar sobre el asfalto mojado la hacía confundir llevándola a lugares de su infancia, allá en tierras lejanas de una Europa de ensueño. Algunos le llamaban deja vu, otros…, sólo cosas de la imaginación. Resopló, y el cristal se empañó como recordándole que aún estaba ahí. Mitsuko comenzó a evocar, con dificultad aquellos días. La brisa meciendo los campos de girasoles por un lado, y por otro, las plantas secas. Era un contraste demasiado raro como para no detenerse a pensar, pero sólo eran recuerdos de infancia, al menos así lo creía, y claro, de nuevo la lluvia. Notó que sin darse cuenta estaba llorando, otra vez. No sabía por qué llorada, ni sabía qué la calmaba. Pensaba que las lágrimas eran como las gotas de lluvia acumuladas en las nubes, pero, ¿qué sabía ella sobre la Naturaleza? En su mano asía un llavero con una enorme llave oxidada ¿qué puerta abriría con ella? Se sentía frustrada al ver los carros moviéndose con libertad en las calles de Osaka, y ella, ella no.

La lluvia, los girasoles, la sequía, la llave…

Instantáneas que se resbalaban en el cristal de su mente dejando la huella clara del recuerdo y la desesperación. Mitsuko, Mitsuko la internacional, Mitsuko la loca.

Derechos reservados.
Ysaías Núñez
Barcelona, Venezuela.
30/7/2009

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Le encanta...




Para él arrancarle las alas era los más divertido. Las mariposas eran solo gusanos que caminaban toscamente por la baldosa, mirando cómo el polvo de sus extremidades planas, arrancadas ahora, caía sobre ellas. Él seguía sonriendo. De pronto se tornó absurdo, sin nada qué descubrir… hasta hoy. La sensación, el crujir de los huesos al ser arrancados como cuando niño lo volvía a divertir… Arrancarles los ojos a los hombres es lo más divertido, dijo.

Ysaías Núñez
Derechos Reservados 2009
21/6/2009

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Agorafobia, novela corta de terror. Conócela:



La agorafobia es el miedo irracional a salir a lugares concurridos, parques, centros comerciales..., Jhoel, agorafóbico se ve obligado a salir a realizar una llamada, consciente del esfuerzo que está haciendo logra llamar a su mujer que se encuentra en otro país, no obstante la comunicación se ve interrumpida, y Jhoel nota que algo no anda bien, el silencio en el lugar, y la sensación de que en cualquier momento puede morir lo invade...


Agorafobia, es una novela corta de terror psicológico ambientada en Barcelona, Venezuela, escrita por Ysaías Núñez,puedes leer los primeros capítulos en: www.elmiedotienemiedo.blogspot.com

Nunca más.


Se decía que no lo iba hacer nunca más…

…pero, experimentar la sensación de ingravidez mientras surcaba los techos plomizos de las casas lo había hecho romper su promesa. La neblina que no alcanzaba a subir tanto como él se quedaba en las calles, y los carruajes tirados por los caballos apenas la movían, era, pensaba luego, una entidad física, casi como él mismo. Se adentraba en la noche, y veía a los gatos que ni siquiera se le acercaban, corrían al sentir su presencia, y si no lo hacían, extendía sus alas negras, como ahora y se posaba en la cornisa a escuchar los lamentos de los demás, pero esta vez lo hizo en la cruz de la iglesia. Permaneció ahí, hasta que otra vez la vio. Sus ojos rojos se quedaron fijos observando la figura negra. Le parecía curioso el trato gentil que le daba, casi íntimo. Y su mano huesuda lo llamó. El mensaje fue claro. Leonora moriría, ¿quién era ella? Otra vez le tocaría anunciar el deceso de alguien, mas sabía para quién era el mensaje…

Las campanas doblaron esa noche, movidas por el viento gélido del norte. Y la niebla, la niebla seguía siendo la misma. Los perros al igual que él, vieron al demonio de harapos negros vagando por las calles, incitando a su vida, la Muerte. Graznó en honor a la oscuridad, graznó porque era lo único que podía hacer y seguir su camino, escuchando corazones delatar asesinos, y dientes que rodaban en suelo como canicas.

Ella moriría, y seguía su vuelo. ¡Qué consternación llevaba aquél animal! No, no era posible. Regresó dando una vuelta, mirando la decadencia de la ciudad. Y allí estaba la ventana abierta, como la había dejado, extendió mejor las alas para aterrizar y llegar a la silla, con la vela encendida en la mesa, el papel y la tinta a un lado. Graznó con dolor, graznó con furia y su cuerpo se transformaba, comenzaba a recordar quién era Leonora, su virginal mujer. Las plumas negras cayeron en el suelo, sangre en la pared, manos, piernas, cabeza aparecieron, y una cara con barba y la aflicción. Tomó la pluma y el papel, escribió sin ver, hasta que terminó hecho lágrimas y vio el final:

[…]Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más! (1)





Ysaías Núñez
DERECHOS RESERVADOS


(1) El Cuervo de Allan Poe.

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El celador del ángel de mármol. Tercera parte

Comenzó a buscar todas las fechas escritas en las lápidas. Las cruces parecían tomar vida y los sonidos perderla. Hasta que por fin encontró una con una letra hermosa:

Diana Rodríguez

Sintió que el corazón se le encogió. Un dolor tremendo se hizo presente concentrándose en el pecho, quería llorar pero fue imposible por un tiempo, hasta que por fin lo hizo. Lloró como nuca. Así pasó los días, sumergido en el dolor y la desdicha. Se vio entonces arreglando la tumba, cortando las mejores flores que encontraba. La gente lo miraba con desconcierto, pero eso ya no tenía valor. No obstante, a veces experimentaba golpes de despecho e incertidumbre ¿Era Diana, su Diana? Una noche iba dispuesto a resolver esa pregunta que le martillaba la cabeza. Una pala de pronto se convirtió en su amiga. Excavó rápidamente, si, se sentía que estaba loco. El sudor caía sobre la tierra recién sacada, siguió cavando, el olor de la tierra húmeda era inconfundible, y como un rayo llegó aquélla conclusión: no estaba. No había nadie en la fosa.

—¡DIANAAAA!

El silencio lo precedió, ahogado en su llanto, cayó de rodillas sobre el suelo removido. De improviso sintió una opresión tremenda en el cuerpo. Alguien lo abrazaba. Sentía esos brazos fríos y flacos. El corpulento hombre parecía un niño, se estremecía tratando de soltarse de aquélla prensa mortal. Le respiraba cerca del cuello para sentir de pronto que el mundo se le había ido. Tensaba su cuerpo, aferrándose a la vida. El cuello comenzaba a doler y aquél ser parecía disfrutar de ello.

—Suéltame—musitó por fin Gerardo.

Luego pasó algo que no pude ver ni entender. Al otro día, Gerardo yacía postrado en la “tumba” en esa posición que tenía. Después aparecieron imágenes de un hombre que le tallaba alas. Desperté o eso creía, era de noche. La oscuridad me abrumó, pero entonces la sentí extraña, como amigable. Encendí la linterna, constaté que el ángel no estaba…

Ahora permanezco en este recinto, tratando de resolver el intrincado enigma… buscando respuestas que me ayuden. Lloro su ausencia, mientras otros lloran mi permanencia.





Ysaías Núñez
2:45 pm
Barcelona, 11/12/07

El celador del ángel de mármol. Segunda parte

Los caballos corrían por el monte dirigidos por hombres fornidos, las ramas eran aplastadas por las patas, y otras cortadas por afilados machetes. Detrás, una carreta que dejaba una cortina de polvo amarillento. El sol a un lado, aún le ofrecía los últimos rayos de luz. Tenía que llegar lo antes posible. Se llamaba Gerardo, prácticamente iba rezando, venía desde México con esa caravana llena de provisiones destinadas para ella, Diana. Cerraba los ojos y la imaginaba, su cuerpo delgado y fuerte. Sus senos… Pero, todo eso era nublado por la férrea personalidad de su amada. Voy dispuesto a que todo se sepa, pensó mientras sostenía un rosario de perlas. Más por pasión que por convicción religiosa. Iba lleno de esperanzas, había regresado en contra de las órdenes de su patrono. Recordó lo enferma que estaba la madre de su amada, y confiaba en que esos medicamentos la iban a salvar. Serían por lo menos un rayito de luz en esa oscuridad palpable. Oh Diana, las cosas saldrán bien, se decía.

Gerardo se arrellanó en el asiento con las lágrimas contenidas y otra vez esa sensación de que no llegaría a tiempo. Lo había visto en sus sueños.

Los días del trayecto eran pesados, cada vez Gerardo perdía fuerzas, los pueblos que visitaron hablaban de plagas que deshacían a los otros. ¿Podría estar bien Diana? Esa pregunta era más que exasperante. ¿Las medicinas estarían bien?

Luego tomaron un barco, allí era peor. La nave parecía no avanzar en ése cielo líquido. Para mantenerse con vida fumaba alguna que otra hierba que lo transportaba a los brazos de Diana. No supo cuántos días pasaron, y atracó rápidamente en el río Unare, el olor, los árboles casi lo hacen saltar y tirarse para llegar nadando, luego salir corriendo, mas esperó.

Era de tarde, y fue directo a la casa de Diana, pero… no había nadie. La casa estaba completamente sola, no estaba la servidumbre. Tocó insistentemente la puerta de madera. Se fijó que la ventana de la habitación de la matrona estaba quemada. Gritó el nombre de su amada; nadie respondió. A pasos rápidos se dirigió a las casas vecinas, pero nadie parecía saber algo. Comenzaba a desesperarse, hasta que por fin sucumbió. Corrió por toda la calle gritando, preguntándose dónde estaba, sabía que se había ido, también sentía que algo le había pasado. Era todo una sarta de hipótesis entrelazadas. Advirtió que llevaba aún el rosario de perlas. Dios tiene la solución, se dijo. Fue directo a la iglesia. Varias personas estaban acomodando un desorden que había. Las paredes estaban sucias, los bancos arremolinados, y algunos santos hecho trizas. ¿A quién rezo?, se preguntó. También le preguntó a los presentes sobre el paradero de Diana. Nadie le supo responder. ¿Dónde estaba Diana? El último lugar donde no quería ir, tuvo que ir: el cementerio. Fue un atisbo de locura tal vez.

Fue.

Continuará...

Ysaías Núñez
Derechos reservados

El celador del ángel de mármol. Primera parte.

(Obituario escrito en letras negras)

Cuánto la amabas.
Eras bello como ningún otro hombre…
…eras.
1866-1889


Cada vez que yo pasaba, lo miraba como lo haría un sabio del arte, pero solamente era un hombre de escasos conocimientos sobre esa expresión del alma, un nuevo lector como suelen decir, pero qué lector tan fascinado por ese autor. Es verdad que su melancolía me trasmitía. Sus ojos cerrados me los imaginaba azules, pero a la imaginación sólo quedaba poco, era limitada por primera vez.

El sol resplandecía como siempre, más sin embargo parecía que sus rayos eran nuevos, que el sol era nuevo en el mundo (¿qué sintieron tus semejantes al ver por vez primera el Astro Rey?). Era un día perfecto, los pájaros cantando a Dios por haberles dado otra oportunidad, las hojas de los árboles recibiendo con su brazos verdes los rayos del sol, pero allí estaba ella, la hermosa estatua, parecía que lloraba sobre la tumba incolora, con su cabeza sobre el brazo. Cada quien iba a visitar a su muerto: le llevaban claveles, y margaritas; pero ¿a ti quién te regala flores? ¿Quién te llora? Nadie. Es una triste respuesta o tal vez es muy feliz para ti.

Desde siempre te han visto y desde siempre nadie sabe por qué estás allí. Es verdad, quien te vea sentirá que están locos, pero hay otros quienes se imaginan historias de un sentido dudoso y otras de una dudosa fantasía. Todos, escucha bien si es que oídos tienes, se preguntan por qué estás allí. Un día de estos alguien llegará, limpiara tu cuerpo espigado y tus alas marchitas con agua tibia y jabones de olor y sentirá la textura de tus piernas, y la suavidad de tu alma.

Me senté frente a ti sobre una tumba de nadie para poder verte, de alguna u otra forma sabía que era la última vez que te tocaría, sería la última vez en que te observaría detenidamente. Te veías como desdibujado en un fondo de cruces blancas y tumbas multicolores.

Una mujer que frecuentemente iba a ese cementerio de Clarines, siguió de largo, no sé si me saludó, quizá.

Imaginaba que habías bajado del cielo y te habías postrado a llorar en esa tumba, mas ¿por qué llorabas? me suponía que era porque del cielo habías caído, porque hasta allá no podías subir debido a tus alas fracturadas. Hice lo posible por pegártelas, no sé por qué se cayó otro pedazo. ¿Sabes? Quisiera conocer al escultor que talló tu cuerpo con la perfección que Dios hace los nuestros. Llevas cien años postrado allí, y ni siquiera te mueves para decir algo.

Ésas eran las preguntas que le hacía, era un diálogo interno, me lo imaginaba hablando. Era hermoso pensar que todo era real. Los pájaros seguían cantado al Señor, y mis ojos se cerraban y los volvía a abrir. Un estado en duermevela muy placentero. ¿Sentirán los muertos ése placer? Aún no lo sé. Miraba a mi ángel mientras yo acostado sobre una tumba fría me perdía entre líneas blancas. Todos los días de mi vida como celador, y desde el primer momento me quedé prendido a esa estatua, y le preguntaba cosas como si fuera capaz de responderme. Loco, sí. Lo sé. Los que pasaban apenas reparaban en él y rabia me daba porque no se daban cuenta de lo hermosa que era, pero si lo hacían de inmediato podía sentir celos. Otra vez, mis ojos se cierran. Le dije: “Cuéntame tu historia”.

Sin previo aviso y de una forma creciente fui envuelto en una espesa neblina, fría, todo lo que a mi alrededor estaba cambió por completo. Fui trasportado a otro lugar, a otra época:

Continuará...


Ysaías Núñez
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