Monólogo desde el infierno, Primera parte.

Desperté en medio de una oscuridad absoluta, sintiendo mis ojos fuera des sus cuencas. El silencio era perturbador. Al instante me toqué la cara, rústica y adolorida.

Traté de caminar, pero el piso parecía lleno de raíces, estaba en un bosque oscuro. El punto de mi vida o de mi memoria fue ese: no recordaba nada.

A pasos lentos tropezaba de vez en cuando con las raíces enormes que afloraban del fangoso suelo; creía caminar. Un pensamiento me detuvo en medio de la nada: “estoy muerto”. Fue tan extraño que me sentí derrumbar. Andaba descalzo, no sentía frío, a cada paso se me enterraban miles de espinas; recapacité: “¡estoy vivo!”.

Mi cabello estaba lleno de lodo al igual que mis manos, me toqué el pecho, los muslos, supe entonces que estaba desnudo.

Quise lavarme la cara con un pozo de agua, me agaché con mucha dificulta, ésta avivó las heridas pero sentí como si fuera agua sagrada. Casi no me pude levantar.

Los minutos pasaron y seguía en el mismo lugar, una estatua que siente y respira, era el David de Miguel Ángel ¿no?

Trataba de recordar algo, pensar eran pedazos de vidrios que se insertaban en mi cerebro; tampoco podía dar un paso, mis piernas estaban hinchadas. Moverme ¿Para qué? Si caminaba y no avanzaba. De pronto sentí que la mente se me nubló, lo negro ahora era blanco, cerré los ojos, intenté abrirlos, pero me hacía daño, me retorcía en el mismo sitio con las manos en el rostro, gemía tratando de evitar el resplandor. Supe que lo blanco era la luz, mientras, sumergido en mi oscuridad me preguntaba de dónde venía. Lentamente hasta donde podía, abría y cerraba los ojos. Un sonido me hizo estallar en locura, desesperado comencé a gritar, entonces entendía que aquél episodio no hacía más que empeorarlo.

Estuve realizando la misma operación por varios minutos más hasta que pude ver una pared, de inmediato giré y las imágenes viajaron tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar: las raíces del bosque se habían convertido en brazos, piernas y torsos amontonados de un lado a otro del pasillo, el agua era sangre…

El pasillo estaba atestado de cadáveres, las paredes llenas de sangre, pintadas con huellas de manos, plasmadas en un muerto mural. Resoplé, tratando de no perder la cordura, pero no, al instante comencé a temblar; el olor era a carnicería. Bajé la vista, sentí que mi corazón no cabía en mi tórax para luego desaparecer: ¡no tenía uñas, el rojo intenso resaltaba en el oscuro rojo del suelo, algunos coágulos se habían adherido a mis pies. Mis manos… estaban igual.

El pasillo era largo, unos cincuenta metros, al final había una puerta, las bombillas eran soles sin piedad. Tenia la mirada fija en la puerta, mi mente trabajando, me hizo llegar y abrirla y salir de aquélla habitación. Supe que no era fácil, de pronto un sonido semejante al de un motor inundó la sala, miré a todas las direcciones, aterrorizado, tratando de buscar una explicación lógica. Me encontraba perdido en un pasillo y con la memoria vacía.

Comencé a temblar aún más, un extraño humo comenzó a salir de unos orificios en la pared, era el aire acondicionado. Mi instinto me obligó a caminar, mis piernas incapaces hacían que mis dedos sin uñas se arrastrara. ¿De dónde saqué tanto valor para caminar entre tantos muertos? Esa pregunta aún gira por mi cabeza. Llegué por fin a la puerta, pero estaba cerrada. Todo objeto metálico se encontraba envuelto por una cáscara de óxido. Toqué la puerta con la rodilla, pero fue inútil, nadie me escuchaba, ni el silencio, ni el mismo Dios…

Mi desesperación anterior no me había permitido ver algo que estaba casi al frente mío: una puerta, tenía un letrero sin embargo toda ella se mimetizaba perfectamente con las manchas de la pared. Tenía que salir cuanto antes sino moriría de hipotermia. Retiré los cadáveres que no me dejaban pasar, me fijé en sus caras que miraban a la nada, y me dije que estaban en el cielo, porque yo me encontraba en el infierno. Giré la manilla (comenzaba a helarse), la puerta no abría, otra vez la desesperación me invadía. En un arrebato de locura y esperanza la puerta se abrió, caí en el suelo de palmo a palmo en el suelo de la otra habitación, miles de moscas salieron de esta, el zumbido era terrible, sentía como algunas moscas en intentaban entrar en mi nariz. El lugar estaba parcialmente iluminado, el piso estaba seco, entonces pude ver unas camillas, los insectos emergían de ellas. Cerré los ojos, y esa oscuridad me hizo concentrarme en una extraña sensación, los abrí, y pude ver qué era, cientos de larvas se arrastraban por mis heridas, el asco recorrió mis entrañas.

Mi corazón dejó de palpitar.

Continuará...

Derechos Reservados, Ysaías Núñez 2006
 
Ysaías Núñez © 2008. Design by Pocket