Mi vida en diapositivas


      



      Nos miraban con cierta curiosidad, quizá por el tamaño de las bolsas...  o eran cosas mías. Mi padre desactivó la alarma e inmediatamente guardamos las compras en el baúl. El niño no quiso guardar su caja sino que se la llevó atrás en su asiento, la destapó para jugar con su muñeco recién comprado. Salimos de la ciudad en menos de cuarenta minutos, el tráfico era casi nulo.
     Me fijé que la radio estaba encendida y que cierta cantante no paraba de dar gritos. La luna se movía a la velocidad del vehículo, los árboles eran sólo manchas negras que se movían en un horizonte incierto. De pronto me percaté que nos desplazábamos a una velocidad poco usual e mi papá. Ahora los árboles no eran manchas sino franjas inmóviles en un paisaje con una luna eterna.
     La señal del radio se cayó.
     Silencio.  
     Un sonido estrepitoso nos hizo saltar del susto. El niño no dejaba de preguntar qué había pasado. Y nosotros nos hacíamos la misma pregunta. Nos detuvimos, el golpe que sentimos nos dio la sensación  de atropellar algo o a alguien. Tuvimos que regresar tras nuestros pasos, en esa autopista, donde la oscuridad luchaba por reinar y el silencio aturdía, en busca de lo que había impactado al carro. No había nada al alcance de nuestra vista en esa carretera solitaria, algunos autos pasaban a toda marcha y sólo dejaban por un momento el sonido y el celaje para llevárselos consigo otra vez. Al montarnos, mi padre se fijó en lo que causó aquel sonido inocente que casi nos mata... el retrovisor de su lado se había despegado, se mantenía sostenido al carro por unos cables negros y largos. Allí estaba el espejo como decapitado. ¿Qué más podríamos hacer sino que reír? reímos. Él lo posicionó en su lugar, y echamos a andar. La autopista terminó y comenzó la doble vía.
     Pronto llegamos a un pueblo que parecía que nunca dormía, llamado Puerto Píritu, irónicamente el niño dormía apaciblemente en su asiento y el juguete tirado en el suelo del auto. Pasamos lentamente, pero salimos muy rápido de éste para estar de nuevo acompañado de montañas y cruces sin nombres. La luna se habría cansado de perseguirnos pues había desaparecido. A lo lejos, al lado de la carretera me fijé que había algo que brillaba tenuemente, eran como dos luciérnagas, mientras nos acercábamos mi curiosidad aumentaba; me vino a la mente algunas historias sobre muertos y aparecidos que me habían contado allá…, pero era un perro que nos miraba fijamente, y que nos siguió con la mirada hasta que desaparecimos se s vista. Sentí miedo. Se escuchaba una sirena, ese sonido me hizo temblar, palidecer, le temía como le temen las cebras a lo leones. Empecé a temblar. Reuní todas las fuerzas para mirar hacia atrás al vehículo que llevaba encendida ese aparato de sonido horroroso, era una ambulancia. Qué alivio sentí.
    Dejé de temblar.
    Los camiones de carga pasaban tan rápido que no te dabas cuenta, tenían luces fuertes que había un momento en que la carretera se desvanecía en un blanco puro para de nuevo aparecer, que nos ofrecía algunas curvas, señales incógnitas ocultas detrás de óxido y excrementos de pájaros. La velocidad aumentaba, trataba de no hablar con mi padre. Eran ya las once y media. Muy tarde para nosotros que acostumbrábamos llegar a las cinco de la tarde o antes. Pero tenía más de seis años sin ir a ese pueblo, más de dos mil ciento noventa días sin sentir su calor. Más de cincuenta y dos mil quinientos sesenta horas sin ver lo que quería ver, lo que quería escuchar y no aquellos grillos desentonados, aquellas cucarachas que se paseaban por mi pecho cuando dormía. Y los gusanos, malditas larvas incoloras que se movían sin parar en el suelo mugriento del baño. El zumbido aterrador de las moscas al mediodía, alegres de tanto excremento y olor putrefacto.  
     Después de salir de las numerosas curvas, nos encontrábamos en una recta que parecía que no tenía fin. Calculo ahora que eran unos cinco kilómetros. Yo iba furioso, peleando conmigo mismo, orgulloso y a la vez deprimido. Discutía sobre lo injusta que es la vida. Decía: si la vida es injusta entonces la muerte es justa. Pero eso era un diálogo sin forma que me deformaba el alma. De pronto un sonido muy familiar nos hizo suspirar muy fuerte ¡El maldito espejo otra vez se despegó!, no obstante mi padre seguía manejando, no le hizo caso o al menos eso creí. Me di cuenta que estábamos peligrosamente cerca de la orilla de la carretera de doble vía, miré lo que hacía a mi papá, éste había intentado posicionarlo de nuevo al tiempo que manejaba a alta velocidad.
     ¡Perdió el control!
     En un intento de no salirnos de la carretera, él quiso llevarlo al canal, pero fue muy brusco el movimiento. Del lado contrario venía otro auto a alta velocidad también. El pobre sólo encendió las luces y recuerdo que eran dos soles en esa oscuridad, dos soles que desaparecieron al cerrar mis ojos.
    Vi el momento en que salía de primaria con honores.
    Escuchaba el sonido de los cauchos derrapándose por el asfalto.
    Vi el momento en que me ahoga en el río y sentía que me aferraba a una soga.
    Sentía los golpes que me daba contra la puerta del auto.
    Oía que el niño lloraba. Oía el silencio.
    Sentía cómo nos desplazábamos de un canal a otro.
    Esperaba el golpe.
    Me vi saliendo prófugo de la cárcel.
    Me observaba cómo asesinaba al guardia, podía sentir cómo luchaba en un intento desesperado por vivir, y caía a mis pies con la cara morada y la mirada perdida. 
     Abrí los ojos y estuvimos a escasos centímetros de chocar con una cruz, en la cual estaba mi nombre escrito en sangre.
     Cerré los ojos.
     Vi el momento en que fui por primera vez al jardín de infancia.
     Me observé cuando fumaba a mis siete años.
     Olí algo que se quemaba.
     Vi cuando ganaba un premio en la secundaria.
     Me vi robándole dinero a mi madre.  
     Sentí un dolor intenso en las sienes.
     Me veía tragando cada dedil cargado de cocaína, cómo aspiraba ese polvo que sabía, que me mataba pero me hacía sentir vivo... tan vivo.   
     Me observé matando a los pájaros.
     Vi a mis amigos sin ojos observándome en la urna.
     Abrí los ojos.
     Seguía allí, aferrado al asiento, con el mismo dolor de cabeza. Observé que estábamos en el otro canal. Las personas que vivían a las orillas de la carretera salieron alarmadas. Nadie se atrevió a acercarse. Estábamos los tres sin ningún rasguño, incrédulos de haber escapado de las inexorables garras de la muerte. Y yo de la suerte que tuve de ver mi vida en retazos inmóviles e incoloros, de la oportunidad que me dio esa función. Más sin embargo creo que no volveré a tener la oportunidad de ver mi vida en diapositivas.








Ysaías Núñez
Derechos Reservados
Barcelona, 18 de Junio de 2006