Hondas memorias





I

 Toncontín aguarda.

Mucho podríamos decir sobre ese aeropuerto, que ostentaba el poco honorable segundo lugar del más peligroso del mundo, y concluiríamos por no saber nada, hasta que se está allí. No rezo al sentir el descenso. Son las 9.00 de la noche, y confío en las artes y peripecias del piloto y copiloto. Piso tierra, y una ráfaga de aire frío me tambalea, acaso es un abrazo sincero de quien se entrega a la amistad sin esperar nada a cambio. Son cosas que el viento por viejo lo sabe y no lo dice. Y esperando están los amigos, que con sonrisas y abrazos me reciben también. Me veo envuelto en una nube de palabras hondureñas que para ese entonces había aportado la mayor cantidad a la RAE, y que yo precariamente sabía usar unas tantas de ellas, o al menos sabía de lo que se estaba hablando. No tanto así cuando hablaron de tener cuidado con un burro en plena calle. Fascinado yo por la imagen, no de ver un burro, que suficiente vi en mi pueblo, sino de verlo a esa hora y en una ciudad. No supe lo que era hasta que el carro dio el salto característico de haber pasado por un policía acostado, que es como lo llamamos en Venezuela. Esta pequeña historia, que puede ser tildada de aburrida, no hace más que esbozar las dificultades de un idioma que se llama igual pero que se comporta diferente de región en región, de país en país, y peor aún de persona a persona. En verdad el español es un idioma jodido, como una carretera llena de burros o de policías acostados.

—Esto es Tegucigalpa—me dice uno de los amigos, y agrega con una sonrisa—: Bienvenido.

La primera sensación que tuve, a pesar de estar miles de kilómetros de mi casa (contrario a la que experimenté en San José, Costa Rica, para hacer escala) fue la de sentir que estaba cerca. Que conocía esas luces, esas montañas, que aun el andar de la gente en la calle me era familiar, y que esta compañía en el carro de todos ellos, ya la conocía a pesar de estar viéndonos por primera vez: hermanos, casa, hogar. Si eso de las vidas pasadas es verdad, esta es una prueba de ello.

El estrés que causa un viaje termina repercutiendo en la maleta natural de uno.  Comí poco, aunque quería más. El anafre humeaba en la mesa, calentado las tortillas, mientras la horchata me inundaba la boca. Cierto que el común denominador entre los países latinoamericanos, aparte del idioma, es el maíz. Sin embargo, aquellas tortillas me supieron tan diferentes (aparte de sabrosas), que era como si en ellas hubiese una información ancestral que me estuviese siendo revelada, y que la arepa, por nueva, no poseía. No sabía qué nombre darle a esas imágenes que acudieron a mí. No es que intente yo parecer un San Antonio, que obtiene una revelación divina a través de una tortilla hondureña. Era como haber viajado en segundos, mil años atrás, más allá de Morazán y Lempira, y estar conociendo el sabor de la historia. Esta sensación se iría enriqueciendo en cada visita que hice a los pueblos, la de que el tiempo no pasa, sino que somos nosotros los que pasamos por él.

   Este San Antonio moderno fue llevado a Danlí, pero aún había mucho camino que recorrer para llegar hasta allá. La carretera nos llevaba colinas arriba, colinas abajo, y la oscuridad, como telón de teatro, me ocultaba la maravilla que sería revelada una vez que este terreno se encontrara con la luz del sol, pero para no resultar tan cruel, me dejaba conocer por primera vez, el olor de los pinos a medianoche. 
     
      A Honduras llegué en un momento políticamente turbio, finales del 2009. Dos días después se celebrarían las elecciones, por lo que preferí aguardar en casa. Temía que algo pasara como lo que se mostraba en televisión, lo cierto, y agradezco que haya sido así, que nada pasó, pero ¿cómo va a pasar si los hondureños son unas de las personas más bellas y pacíficas del mundo? Y de eso lo sigo constatando aún cuando estoy lejos. 
   
    
        (Pronto la segunda parte)